miércoles, 11 de julio de 2007

Había una vez en Puebla…

katia.katinka@gmail.com
Había una vez un pueblito muy chiquito llamado Nativitas Cuautempan, en Puebla. Un lugar donde Tláloc —ese dios de la lluvia— desaparece por buen rato, o bien, a veces hace de las suyas, y con ganas.
Los pocos pobladores que habitaban el lugar se dedicaban a la elaboración de petates o bien a la siembra de maíz, frijol o trigo.
De eso intentaban —literalmente— sobrevivir. Es el típico pueblo donde el sueño de los pobladores es irse del otro lado de la frontera norte, en busca del “sueño americano”: los dólares y también los buenos pantalones de mezclilla…
En una de las humildes casas, vivía don Crecencio, y doña Blandina, quienes tuvieron una familia numerosa, como las de antes, con 13 hijos, de los cuales sobreviven 11: Julieta, Alicia Flocelo, Centolia, Hilda, Roberto, René Enrique, Luz, Blandina y el travieso, pingo y malhablado Mario Plutarco. Todos ellos conforman la bonita familia Marín Torres.
Como nunca le gustó su segundo nombre —que parece de telenovela y por eso no lo usaremos tampoco en este cuento— sólo quiso que lo llamaran Mario… Mario Marín Torres.
La primera palabra que pronunció su linda boquita, antes de decir mamá y papá, fue:
—Vieja cabrona… vieja cabrona.
Sus papás lo callaban dándole fuertes coscorrones. Pobrecito.
Ay… hasta parecía un lorito. Lindo se veía.
Como llovía poco en su región, cada que podía le preguntaba a su papá:
–Oye, ¿porqué nosotros no podemos mandar las lluvias?
Se ponía a jugar “que llueva que llueva, la Virgen de la Cueva…”
Él era uno de los tantos chamaquitos a los que sus papás los mandaron al internado “general José Amarillas” que estaba en Tlaxcala.
Ni modo, don Crecencio y Blandina no podían con todas las criaturitas. Así que a Mario le tocó allá.
¡No usaba pantalones de mezclilla!, ni la conocía.
Pura manta, cuando había, si no, a raíz. Tenía puros compañeros y amigos poblanos, tlaxcaltecas, o guerrenses, nacionales pues. Ningún extranjero. ¡Menos líbaneses! Su conocimiento geográfico no daba más allá de la zona limítrofe Puebla–Tlaxcala.
¿Cancún? ¡Tampoco lo conocía, ni de nombre! Eso viene después en nuestro cuento…
En fin que en ese internado estuvo por varios años. Cursó la primaria y aprendió algunos oficios. Nada de vicios, ¿eh? Cero bebidas alcohólicas.
Luego, sus papás cargaron con todos a Puebla.
Allá, con grandes esfuerzos mandaros a sus hijos a las escuelas que les correspondía.
A Marito, como a veces le llamaban, lo incentivaron a que siguiera estudiando. Lo mandaron en Puebla, la preciosa Puebla… perdón, chula Puebla. Fue a la secundaria “Presidente Cárdenas”. Donde comenzó a hacerse de sus amigos.
No se dejó vencer con las adversidades económicas, y siguió con la prepa. La estudió en la Emiliano Zapata. Luego se graduó como abogado en la Benemérita Universidad Nacional Autónoma de Puebla. Quería saber impartir la justicia como se debe. ¿O a su modo?
El día de su graduación, entre sus amigos hicieron una “vaquita” y compraron algo que deseaban desde hace rato: una linda botella de coñac.
Entre copa y copa, Mario se alucinó viéndose como gobernador de su estado…
—Me gustaría ser un gobernador precioso de esta chula Puebla…
Al escucharlos, sus compañeros lo voltearon a ver. Coincidieron en que ninguna copa más. Siguieron tomando y fueron por otra botella. Dos botellas de coñac.
Uno de ellos sacó unos cigarritos. No eran Faros, eran los nuevos Kamel.
Llevaban puestos unos Sergio Valente, eran los reyes de la mezclilla. Era la moda. Todo mundo hablaba de ellos….
En su guarapeta juvenil, Mario se ve como un buen funcionario público, trabajando por el bien de su estado. Recostado en una de las bancas del zócalo poblano, Mario desvaría un poco, y se queja de lo difícil que le fue aprender a respetar la justicia…
—Aquí en Puebla no hay impunidad… aquí en Puebla no hay impunidad…
Entre su sueño no deja de repetir “justicia, justicia, justicia…”.
—Ya déjame en paz….Contesta dormido, hace un movimiento como si se quitara moscas de su cara.
Uno de sus compañeros le grita fuerte:
—Ya Mario, déjate de jaladas…
Se mueve de un lado para otro. Decide levantarse. Va caminando y ve a un voceador.
Le recuerda a su papá, don Crecencio, quien también se dedicaba a eso. Lee las ocho columnas de un diario, que habla sobre la agresión sexual a unos menores de edad, por parte de un empresario muy poderoso…
—Ya verán, si soy gobernador no me temblará la mano… eso es una asquerosidad. Si es necesario, me enfrentaré a nuestra Suprema Corte. Seré tan buen gobernador, que hasta me recibirá en Los Pinos el Presidente de la República para agradecerme lo que hago por la justicia. Ya verán…
Con el paso de los años, el joven Mario Plutarco comenzó a trabajar.
Se casó con Margarita García (siempre tiene la fe puesta en Dios), con quien no siguió los pasos de su papá. Sólo tuvieron cuatro hijos, puros hombres: Mario, Fernando, Luis y Carlos. Lamentable o afortunadamente, ninguno llevó el nombre de los tíos paternos.
Eran una joven pareja priísta. Iban a los eventos del partido. Lo comenzaban a llamar don Mario…
Lo invitaban a todos los eventos posibles. Nadie daba un quinto por él, pero por algo lo invitaban. Los habitantes que quedaban en Nativitas Cuautempan tomaban a Mario Plutarco como un ejemplo de lo que se debe hacer.
Comenzó a trabajar en el ayuntamiento de Puebla y así escaló diversos puestos. Hasta que se le hizo ser gobernador.
Con el paso de los años, Mario Plutarco —que de joven no quiso tomar la famosa Emulsión de Scott— le falló la memoria. Ojo niños.
No recordó las enseñanzas que le dieron en el internado, de saber escoger bien a sus amistades, quienes lo metieron en serios problemas, graves para ser más preciosos… perdón, precisos.
Olvidó lo que aprendió la secundaria, en la prepa y en las clases de derecho de la universidad y también lo que sonó ese día de su primer borrachera.
Las clases de ética se le borraron por completo.
Se da cuenta de esto, y se preocupa. No deja de repetir algo…
—Creo que estoy perdiendo el juicio….
Colorín colorado, este cuento no ha acabado…

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